Los temores se hacen pequeños

Siendo niño, el miedo e inseguridad sobre lo que sería el futuro me fue inculcado categóricamente. Al no tener una desarrollada percepción de la realidad, de lo que el ser humano puede y ha realizado, casi todo aquello que oía de los adultos cercanos y las noticias, fueron produciendo un temor hacia lo que me depararía al crecer, o incluso si habría futuro alguno. No sólo eso, sino que a cada comentario, se le unía una queja filosa sobre lo mal que se había procedido hasta ese entonces, y que la humanidad era una vergüenza, que no hacía más que dañar su entorno, y la influencia negativa que ejercía en todo su actuar.

Sin maldad implícita en la conducta de aquellos más aventajados en edad que yo, esa serie de discusiones y charlas que se fueron presentando durante mi niñez, quedaron en estado latente dentro mío por mucho tiempo. Posiblemente,  cada uno de los que emitía opinión semejante, compartía un resentimiento, sin ser conscientes de ello, acompañado de un temor, especialmente hacia el futuro, sin saber el impacto que podría tener en mí o en otros que los oían. Y lo recuerdo bien, cómo yo aceptaba prácticamente todo lo escuchado, con la confianza y amor que tenía hacia ellos, pues ¿qué motivo tenía de dudar de sus palabras? ¿Por qué habrían de estar equivocados si eran más grandes?

La adultez arribó paulatinamente, pero al mirar hacia atrás, parecería haber sucedido en un salto. Revisando muchas cosas de las admitidas, noté que de alguna forma me convertía en un repetidor de lo dicho y vivido por quienes llegaron antes. Esos temores por lo económico, por el desenvolvimiento profesional, el encontrar una pareja y gestar una familia, parecían estar acechando disimuladamente desde mis espaldas, y se manifestaban en la vacilación que tenía frente a decisiones que debía tomar en cada una de esas áreas, y las que parecían grandes justificaciones por las que no hacía tal o cual cosa, permaneciendo poco más que inactivo.

La Logosofía propone una nueva cultura, una nueva humanidad partiendo de cada uno de nosotros, de mí mismo, brindando el cómo para lograrlo. Desde mi lugar comprendo que repetir las quejas y admitir la desorientación en que se vive, es aportar lo mínimo, o nada, hacia el futuro que me depara en lo individual o en lo social.

Tan camuflados y disfrazados de realidad estaban esos pensamientos de temor, que me llevó un tiempo considerable reconocerlos. Al principio, justifiqué mi forma de ser, por haber sido criado bajo esas directivas inconscientes, pero que dieron su fruto; luego tuve que comprender que no podía quedarme con eso en mí, conforme nada más con señalar su origen; teniendo algunos conocimientos más sobre este mecanismo, el accionar de los pensamientos y el influjo de los recuerdos, poco a poco fui revisando aquello admitido y evaluando qué beneficio tenía mantenerlo, y cual descartarlo. Estos tipos de conocimientos, llamados trascendentes, son bien enseñados en Logosofía, pues permiten como dice la palabra, trascender  o superar, pasar de un estado a otro.

Así como inconscientemente influyeron temores en mí, a la vez muchos ejemplos buenos tuvieron lugar, sin tampoco yo notarlo. Quería copiar el ejemplo de formar una familia, pues me parecía que al crecer era un deber natural ser padre; quería aprender, crecer, y ser resuelto. Muchos bienes me fueron brindados, y sería necio centrarme sólo en lo malo, y sentirme un resultado de aquello vivido, hoy. Para destrabar ese temor, se pusieron en marcha muchos mecanismos; primero, tuve que ser fiel a aquello que recordaba, no alterarlo para mi propio beneficio ni victimizarme; luego, comprender la vida de los pensamientos, que si hallan espacio mental apropiado, se acomodan y comienzan a crecer. Por lo tanto, tuve que encontrar cuáles eran pensamientos míos, y cuáles venían de afuera y no tenían nada que hacer en mi mente. Más adelante tuve que comprender que esos pensamientos de temor no me permiten  razonar ni pensar con libertad, y afectan mi forma de sentir. Quitar eso de mi mente que ya no quería más en mí, fue y sigue siendo una de las empresas más elaboradas pero gratificantes a las que me haya avocado.

“¡Qué mal está todo! Cuando sea adulto, ¿qué voy a hacer? ¿Voy a tener hijos si van a sufrir? ¿De quién depende que esto se solucione? ¿Para qué hago todo?

Así era como me hablaban tales pensamientos. Tuve que entender que eso condicionaba todas las áreas que buscaba desarrollar, la profesional, la familiar y social, pero ¿Cómo doy albergue mental a aquellas reflexiones que quiero adoptar a mi vida? ¿Lo puedo hacer una vez en la vida? ¿O una vez al año, al mes? ¿Cuánto realmente lo quiero? ¿O sólo me encariño con la idealización finalizada de un YO alcanzada sin esfuerzo? ¿Tengo lo necesario para enfrentarlo solo?

Entiendo que así como para tocar el violín, tuve que ir a un profesor de violín, para ser bioquímico tuve que asistir a la Universidad, para hablar tuve que oír primero, para correr tuve que rasparme las rodillas al gatear, y para conocer Pensamientos y Conocimientos Superiores, tuve que aceptar que debía seguir aprendiendo. Tener menos temor y sentir más esperanza me volvió más activo, más alegre y confiado para afrontar mis responsabilidades. Desde mi lugar y en el ambiente que me corresponde, puedo ir cambiando mi futuro desde hoy, con cada acción, y revisando por qué hago lo que hago, buscando el propósito de bien, porque soy parte de un todo más grande, y al estar estrechamente vinculado, al cambiar una parte, cambia el todo, y mientras más partes busquen lo mejor para ellos, para su  familia y sus semejantes, empezando por trocar el temor por valor, la duda por la confianza, la desatención por la conciencia, la ignorancia por el conocimiento, mayor será el beneficio irradiado hacia el conjunto, hacia la humanidad. Los temores se hacen pequeños, cuando se logra ampliar la capacidad de la mente.

 

Autor: Fernando Guerra (Bioquímico)

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