Personalidad e individualidad. Claves para una convivencia más feliz
Uno de los recursos más valiosos que propone la Logosofía para lograr una convivencia más armoniosa es distinguir entre personalidad e individualidad. Esta diferencia no solo ayuda a comprender mejor cómo actuamos, sino que se convierte en una herramienta clave para el crecimiento personal consciente, algo que esta ciencia nos enseña a desarrollar.
Cuando comenzamos a aplicar el método logosófico y observamos nuestro mundo interno, nos encontramos con un torbellino de pensamientos y emociones que muchas veces se superponen y camuflan, generando una percepción muy subjetiva y difícil de abarcar. El primer avance hacia una objetivación de esa subjetividad se logra mediante la incorporación del principio consciente. Este principio nos permite distinguir entre los pensamientos —como “entidades psicológicas vivas” (*), que muchas veces automatizan nuestra conducta— y la facultad de pensar, que es como un laboratorio donde los pensamientos se crean, analizan y se pueden mejorar.
Un segundo paso importante es aprender a diferenciar las sensaciones que vienen de nuestra sensibilidad —como la empatía o el afecto— de aquellas que tienen un origen instintivo, como el descontento o el desgano.
Así, el logósofo empieza a identificar qué fuerzas influyen sobre su conducta y voluntad: los estados de ánimo positivos y negativos que se presentan a lo largo del día, cómo nos afectan, y qué oportunidades de mejora esconden. Por ejemplo, si reaccionamos con intolerancia, podemos reconocer dos ubicaciones posibles: una, justificar esa reacción; otra, aceptar que estuvo mal. Aunque la tristeza puede aparecer en ambos casos (al enfrentar las consecuencias de nuestras reacciones), solo cuando hay reconocimiento del error podemos superar realmente la experiencia. Si justificamos nuestra conducta, esa tristeza no deja ningún aprendizaje, y la conducta se reproduce.
¿Qué fuerzas se movieron en uno y otro caso? Aun cuando la experiencia fue la misma, en un caso actuó el principio consciente que nos permitió ver el pensamiento cuando nos movió. En el segundo caso, el pensamiento quedó «oculto» tras la justificación.
Desde la mirada logosófica, la personalidad está formada por todo aquello que nos sale automáticamente, que repetimos sin control, que nos encierra en errores y falsas creencias sobre nosotros mismos. Es lo que nos impide cambiar. La individualidad, en cambio, es todo lo que surge del esfuerzo consciente de superación: lo que aprendemos de nuestras experiencias, lo que nos impulsa a mejorar, a confiar en nosotros mismos, a sentirnos útiles y a disfrutar del proceso de aprender y crecer.
Cuando reconocemos estas dos dimensiones internas, algo cambia en nuestras relaciones. Si en un hogar conviven dos personas que buscan mejorar sus conductas de forma consciente, se establece una nueva ética en la convivencia. Una posible expresión de ese nuevo contrato ético podría ser: «No necesito señalarte tus errores, porque sé que, si aún no los advertiste, estás en camino de hacerlo, del mismo modo en que yo estoy trabajando en mí. Tus avances me estimulan a seguir evolucionando, desde que nos une el mismo anhelo de superación.»
Al aprender a separar a la persona de sus pensamientos —es decir, distinguir entre el ser que actúa en “piloto automático” llevado por sus pensamientos, del que se esfuerza por mejorar— se redefine el posicionamiento ético frente a uno mismo y nuestro entorno. La posibilidad de cambio deja de ser una idea abstracta y se convierte en una experiencia concreta y alcanzable.
Fernán Melella, junio 2025
(*) Ver Logosofía Ciencia y Método (Capítulo: Los Pensamientos)
Nota: para profundizar en el tema de Personalidad e Individualidad, se puede leer el capítulo específico de ese tema en el libro: ‘Curso de Iniciación Logosófica’, que se puede descargar desde este link: https://logosofia.org.ar/libros/






